Ópera bufa

La máxima huella literaria del español, su ADN según el legendario Ramón Menéndez Pidal, no era otra que el realismo, presente en todas las construcciones literarias españolas desde nuestros primeros pasos, sea el Mío Cid, el Lazarillo o La Celestina, criterios que, obviamente han ido cambiando con el transcurso del tiempo y, ahora, tras la visita del realismo fantástico o la entrada en el mercado europeo, pocos se atreverían a lanzar un aserto de aquella naturaleza, sobre todo porque vivimos una sociedad bien diversa  que nos ha proporcionado la situación de iconoclasta en la que vivimos, una situación compleja en donde nada domina, entre otras cosas porque nadie puede leer los casi 100.000 títulos que salen cada año de las prensas españolas, incluso en un país en crisis permanente de lectores, pues nunca, y basta leer la novela de un novelista de Cansinos Assens, los autores han podido vivir de sus creaciones salvo unos pocos elegidos.
Luis García Jambrina se dio a conocer hace unos años con unos ciertos cuentos en donde no estaba exenta la jovialidad, la burla, la fantasía, aunque haya asentado su fortuna en novelas de carácter histórico-legendario y trasfondo salmantino. Es un profesor universitario que ha trocado los papeles de la investigación por los de la creación literaria y procura siempre el gozo literario antes que el hallazgo documental, aunque de tiempo en tiempo sus personajes hablen de obras clásicas, sepan del pasado o sean caricaturas de otros personajes literarios o cinematográficos. La obra, dedicada a Berlanga y a Barden, ya, desde el mismo título de la Bienvenida a Mister Marshall, nos pone en conexión la llegada de la presidenta alemana Angela Merkel a un lugar de La Mancha de la misma manera  que la trompetería isbertiana,, con Manolo Morán a la cabeza,  nos aportaba la riqueza americana al desamparado villorrio de Villar del Río o Villar del Campo, que nada importa para servir de punto de partida de una ópera bufa en donde asoma la corrupción municipal en la que vivimos en la actualidad, la torpeza de los políticos, que son los grandes satirizados en esta narración, los disparatados proyectos que ocasionan disputas internas en un pueblo perdido de Castilla-La Mancha, un lugar en el que se suceden insólitas propuestas como la de transformar el pueblo en una población alemana, todo ello llevado a cabo por la propuesta escalofriante de unos personajes que se aproximan a los de La Escopeta Nacional, por supuesto a los de la mencionada película, a la que se rinde homenaje en todo momento aunque luego se precipite por una serie de consideraciones que nos hacen unas veces apegarla a la realidad española del momento, con sus juegos nacionalistas y sus repúblicas independientes, e incluso con la independencia catalana. Y otras veces como un juego complicado y barroco por donde asoma la oreja metafórica de la España desquiciada de nuestros días. Lo único que ocurre es que con los golpes de efecto y los juegos de palabra no les concedemos trascendencia. Preferimos quedarnos con los diálogos graciosos, con la ironía de las situaciones, con la gracieta del momento o con el giro inesperado que toma el asunto de la llegada de la presidenta alemana a un pueblo toledano en donde se congregan todas las virtudes y las panderetas de la sátira.
Desde el principio al final se deleita Luis García con los desafueros de los personajes (una piscina en donde no hay agua y nadie sabe nadar), con las réplicas de los comparsas, con los disparates de las autoridades municipales que no sino una pequeña extensión de aquellos ilustres que dirigen nuestros tristes destinos en la actualidad.

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