Ser feliz cada día

9788416246427Hay poemas que a uno le hubiera gustado haber escrito. Como, por ejemplo, este titulado Medio siglo: «Esta noche seré de nuevo niño./ Dormiré en una cama que me engulle,/ donde fui concebido.// Al despertarme creceré, en el gesto de abandonar la cama, medio siglo». Breve, mágico y preciso, este poema pertenece al libro así también titulado. Medio siglo (Pre-Textos, Valencia, 2011), de Rafael Juárez (Estepa, Sevilla, 1956), apareció después de Aulaga (Benalmádena, Málaga, 2006), edición ampliada de la primera, publicada por la Fundación Jorge Guillén, de Valladolid, una década atrás.

De Rafael Juárez, poeta sevillano, afincado en Granada desde hace muchos años, acaba de aparecer Una conversación en la penumbra (Renacimiento, Sevilla, 2015), una antología de todos sus libros anteriores, que en un poeta tan exigente como es Juárez no son muchos. Acompañada de una excelente introducción de Pablo Jauralde, esta antología abarca de 1987 a 2013, algo más de un cuarto de siglo de bellísima poesía, de la que no podemos desprendernos cuando la leemos, pues Rafael Juárez uno de los contados grandes poetas de nuestra lengua que sin ruido y promoción —y mucho menos, autopromoción— van dando luz a una obra sin aceleración ni mucho menos aspiración a moda alguna. «La cercanía con Antonio Machado es la obligatoria cercanía de todos los que adoptan un tono contenido y buscan a su alrededor en donde dejarlo, porque no quieren apabullar con una primera persona». Así expresa Pablo Jauralde un punto central en la poesía de Juárez; y que la perfección central de los poemas juarezanos tienen su propio soporte en una clasicidad moderada, medida y nada afecta a barroquismo alguno, algo propio de aquellos poetas que suelen beber de nuestra tradición mayor y recurren al soneto o a la canción rimada. La agilidad de un bello poema, musicado, como el titulado El otoño en María de la Miel nos da un ejemplo de sencilla hondura; los versos centrales, ocho de los veinticuatro completos de la composición, no pueden contener más verdad y belleza: «Celebremos, amigos,/ que el otoño comienza/ y aclaremos con vino/ las esperanzas nuevas,/ los afanes de siempre:/ mirar la lluvia fuera,/ sentir la niebla dentro,/ querer y que nos quieran» (págs. 96-97). Inclinación, aspiración natural a ser feliz.

Rafael Juárez fue un descubrimiento para mí, hace ya algunos años, cuando en un libro muy hermoso, Fábula de Fuentes. Tradición y vida literaria en Federico García Lorca (Residencia de Estudiantes, Madrid, 2004), de Andrés Soria Olmedo, me fascinó e intrigó el nombre de Rafael, asociado a tanta belleza. Enseguida informé a mi amigo Manuel Fernández-Delgado, director del Museo  Ramón Gaya, de mi descubrimiento y él le invitó inmediatamente a leer en el entonces exitoso ciclo Poesía en el Museo y vino pronto Rafael… Recuerdo esa noche, unos minutos antes de iniciarse la lectura poética, magnífica, cuando camino del hotel nos encontramos, y él, Rafael, me reconoció sin haberme visto nunca antes. Inolvidable.

«Hace demasiado tiempo que no nos hemos comunicado…», me escribe el poeta amigo; y no estoy de acuerdo, pues su poesía sí ha sido, durante estos años en la distancia y en el silencio, una compañía muy apreciada, un tesoro verdadero para mí. Rafael Juárez, junto con el inolvidable y excelente Alberto García Ulecia, su paisano, que se quedó en el camino y nunca llegó a leernos sus versos en el Gaya, y Luis Cernuda, paisano de ambos, y el siempre amado Hölderlin, es un poeta para mí imprescindible. Con su rostro de sencillos rasgos, su eterna gorra y ensimismamiento alerta, que Krum Krumov retrató recientemente, Rafael vuelve a aparecer ante mí como aquella noche friolenta de cuando nos conocimos en Murcia. Gracias poeta, amigo, por aquella nuestra conversación en la penumbra, sin parámetro ni terminación.

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