Un profundo desenfado

Sentado en la terraza baja, entre árboles exóticos y abundantes trepadoras, aliviando el calor de la tarde con la brisa imprevista, dudo entre cuatro libros ante mí: Ensayos anglo-andaluces, de José Antonio Muñoz Rojas; The Humiliated Christ in Modern Russian Thought, de Nadejda Gorodetzki; mi viejo Misal completo latino-castellano; y Por donde menos gente haya, el reciente poemario que un amigo, su autor, puso en mis manos hace unos días, sin previo aviso, sencillamente y sin solemnidad alguna. Y elijo, acaso atraído por este poema, encontrado al azar, al abrir el libro de Juan José García Corbalán, Juanjo, amante de los gatos, en especial de las gatas, como lo soy yo mismo. He aquí tales versos: «La gata ha cazado un petirrojo/ el pobre estaba tan alegre cantando/ la felina tan fieramente acechando/ en un momento sin sangre qué susto./ Esto es porque Dios/ le dio el don del salto/ unos colmillos muy finos/ y unas garras retráctiles terribles./ Dios hizo al pájaro/ y luego pensó cómo cazarlo/ e hizo a mi gata/ y luego descansó» (Impermanencia, pág. 24).

Por donde menos gente haya (Círculo Rojo, Pamplona, 2015) es el primer libro publicado de Juan José García Corbalán, poeta murciano, todavía en la treintena, ávido lector y poeta excelente que nunca tuvo prisa en publicar, e interlocutor asiduo en cuestiones literarias, casi a diario, con las que nos estimulamos mutuamente, y en muchas ocasiones con Germán, otro amigo, también poeta excelente e inédito.

Una preciosa portada invita a la lectura de Por donde menos gente haya, creación de Óscar Gil y Fotolia.es, que en absoluto defrauda. Poemas de breve métrica y breves versos, como pinceladas llenas de ironía, gracia y lo que yo diría o definiría como un desenfado que oculta un hondo pensamiento acerca de nuestra condición humana y una visión irónica del mundo.

Tránsfuga historiador, espíritu libre condicionado por circunstancias prosaicas de la vida y sus necesidades, Juanjo aspira diariamente a una poesía lúdica y a la vez volcada con lucidez al entorno. Poemas como el titulado Pater Noster muestran la prueba de la inteligencia de su autor: «Padre nuestro que odias a Blesa/ damnificados son los preferentistas/ hágase tu voluntad/ aunque en España no haya justicia…». El poema sigue, con su tono de oración, hasta el sarcasmo y la palabrota bien encajada en su contexto. Una delicia. Así, Monumento al poeta desconocido: «Entre los Machado y Pessoa/ ¿no te encuentras bien acompañado…?». Mi poema favorito, si debo elegir uno, sería Oscar Wilde lo sabía, que nos pone ante la incógnita de nuestra naturaleza moral y dignidad hipócrita y narcisista: «Llegados a cierta edad/ los tumores nos descubren/ todos somos Dorian Gray./ El pasado se va cobrando las deudas de la mentira./ Nuestro interior corrompido/ nos recuerda a cada momento/ quienes somos» (pág. 44).

Pese a la aparente linealidad sucinta de esos poemas de Juanjo, el deseo de repetir su lectura se nos impone. Así ocurre con todos los poemas, pero en especial con el titulado La tumba de Cervantes, Libro de familia o Las galletas de Machado, una maravillosa paráfrasis del poema dedicado a las moscas del gran poeta sevillano, que sin desvelar el contenido completo —es el poema acaso más largo del libro— concluye, deliciosamente, así: «Inevitables golosas/que ni sabéis como palmeras/ ni crujís cual cereales/ doraditas, mantecosas/ vosotras, amigas viejas,/ me engordáis más que cualquier cosa» (págs. 32-33).
Esta vez he elegido el libro adecuado, que también recomiendo a mis lectores.

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