Dominick Dunne: Toneladas de cinismo

00505LIBMUUna de las reglas básicas del periodismo es saber mirar, y puesto que la realidad se muestra como algo absoluto ante cualquier mortal, aunque no lo parezca, es la forma de narrarla lo que determina en buena medida su significado y, por supuesto, distingue al buen observador capaz de transmitir las esencias que suelen pasar desapercibidas para todos los demás. El norteamericano Dominck Dunne es uno de esos centinelas privilegiados de las rutinas de la alta sociedad de su país, tal y como demostró en los reportajes que publicó en Vanity Fair así como en sus novelas, de entre las que Las dos señoras Grenville brilla con luz propia.
Esta es una de esas obras que no deberían pasar desapercibidas porque más allá de su calidad narrativa y técnica, posee un encanto especial que eleva su atractivo a cotas sólo transitadas por la literatura memorable. Dunne echa mano de su destreza periodística para fabricar un relato de gran calado dramático, con un suspense siempre latente y un estilo directo y armonioso que cautiva al lector sin permitirle ni un momento de aliento.
En Las dos señoras Greenville, el autor de Connecticut narra el ascenso y caída de una chica de pueblo que emplea su astucia para ingresar en el exclusivo y hermético universo de la alta sociedad neoyorquina a través de una de las familias más poderosas del país durante la convulsa década de 1930. Para ello, Ann Arden (o Urse Mertens), corista de belleza arrebatadora, se sirve sin escrúpulos de sus armas de mujer para seducir al enamoradizo Billy Greenville, heredero de la fortuna familiar, quien, a pesar de las reticencias explícitas de su madre y hermanas y el estupor de su círculo más íntimo de amistades, termina casándose con ella ofreciéndole la plataforma adecuada para obtener una posición social que nunca le será reconocida, aunque sí tolerada e incluso protegida tras matarlo en un extraño y confuso accidente. El supuesto crimen cataliza así la relación de la protagonista con la familia, su evolución en los círculos sociales en los que siempre se le considerará como una astuta oportunista, y el imparable deterioro de una existencia que conduce a la tragedia.
Con todos estos materiales, Dunne remodela el arquetipo del arribista creando una criatura que reúne tanto el irresistible encanto de Georges Duroy, la calculadora astucia de Julian Sorel, y la embrujadora belleza de Gilda. El resultado es Ann Arden, un personaje complejo y, a la vez, diáfano, en el que se aflora la naturaleza perversa del ser humano. Una criatura rotunda y apabullante que inspira tanta compasión como desprecio, y que acapararía toda la atención del lector de no ser por la presencia de la otra figura colosal de esta novela: la auténtica señora Greenville, madre del infortunado Billy, y auténtica némesis de su nuera. El combate entre ambas mujeres proporciona al relato una tensión extraordinaria, que Dunne sabe contener con pericia para evitar que la tragedia se le vaya de las manos. Es así cómo lo sugerido se impone sobre lo explícito, proporcionando a la novela la virtud de lo imprevisible.
Pero si el tratamiento de personajes es extraordinario, no lo es menos el ambiente por el que se mueven. Acostumbrado a las cumbres sociales, el autor sabe de lo que escribe y, de ahí que no se limite a describir una realidad sino que profundiza en sus esencias para mostrar sus más sórdidas miserias y, más aún, las convicciones que convierten a sus miembros en víctimas de sí mismos. Dunne presenta a esa nobleza criolla de papel moneda, aberrantemente fiel a sus hábitos y prejuicios, en una imagen en la que se percibe tanto el glamur melancólico con que Scott Fitzgeral envuelve a El gran Gatsby, como la fivolidad desatada que Boris Vian supo expresar con tanta perspicacia en su Vercoquin y el plancton. Y todo ello, al fin y al cabo, para asestarle un puñetazo al sueño americano, con una magnífica crónica cruel e irónica sobre la lucha por la supervivencia en una sociedad demasiado pueril.

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