Georges SImenon: Los inicios

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EN EL OTOÑO de 1941, 48 años antes de morir, un médico le dijo a Georges Simenon que le quedaban dos años de vida. Según el diagnóstico —por lo que se vio algo apresurado— su corazón no resistiría. Estaba angustiado, su padre, Desiré, había muerto muy joven a causa de una angina de pecho, de manera que abandonó Vouvant para vivir en Fontenay  y se puso a rebuscar en el pasado con el fin de dar a la imprenta una epopeya autobiográfica de la gente corriente que pobló su infancia. El texto fallido acabaría dejando paso a Pedigrí, después de que André Gide a quien le había enviado el borrador le recomendase reescribirlo en tercera persona.
Las primeras cien páginas originales que no le gustaron a Gide serían publicadas en 1945 en una tirada limitada bajo el título de Je me souviens. En cuanto a la nueva obra, la novela propiamente dicha que acaba de publicar traducida al español Acantilado, se convertiría en una de las obras más reveladoras de su autor: una ficción de la adolescencia en la que la mayor parte de los acontecimientos no son inventados. El personaje central, Roger Mamelin, tenía rasgos en común con Simenon, como el propio escritor no dejaría de reconocer. Sin embargo, para eludir la condena de parte de las personas reflejadas en la historia que no se sentían a gusto con su papel, se vería obligado a recalcar: «En mi novela todo es verdad pero nada es exacto».
La verdad poética, a través de los materiales heterogéneos utilizados, llegaría a prevalecer sobre la verdad propiamente dicha. Pero eso no quita para que Pedigrí proyecte fielmente el reflejo de una vida en sus primeros pasos, los sentimientos profesados hacia sus padres, que como más tarde explicarían algunos de sus biógrafos, marcarían su obra literaria. La rebeldía hacia una madre mezquina y lacrimosa, Henriette, y la admiración por su padre, Desiré, que representó para él la estabilidad emocional.
Georges Simenon (1903-1989) tuvo, por lo menos, dos identidades. Una, la del niño belga que rápidamente hizo la transición desde la infancia en la Rue Leopold al reportero novato de la Gazette de Liege, que trabajaba intensamente por el día y dedicaba la noche al alcohol y las mujeres, y que, algo más tarde, ya en París, entre 1924 y 1931, escribiría decenas de novelas y cuentos eróticos para secretarias. Otra la del escritor que decidió hacerle caso a Colette y mantuvo durante el resto de su vida una copiosa producción seria, con un cuidado estricto de las numerosas traducciones extranjeras y las adaptaciones cinematográficas de sus libros. El autor consagrado tuvo tiempo, además, para mover a su familia de la campiña francesa a Arizona, Nueva Inglaterra, Quebec y regresar a Europa para seguir disfrutando de las comidas familiares y los paseos por los parques con sus hijos.
Entre uno y otro Simenon, se mantuvo, eso sí, el vínculo mujeriego, porque, como se sabe, no eran las comidas lo único que el escritor disfrutaba tres veces al día. Su biografía íntima destapa esa realidad. Por momentos llegó a compartir a su esposa con dos amantes, y aún, entre novela y novela, encontraba tiempo para acostarse con las prostitutas y ligues que conocía en los bares. «Me atrevería decir que el sexo es la única forma de comunicación posible con las mujeres», comentó en una ocasión con un amigo. En ese sentido resultaría imposible encontrar a alguien más comunicativo que Simenon. En una entrevista con Federico Fellini aseguró que había ido a la cama con unas diez mil mujeres.
Simenon nació en 1903 en Lieja, el principal centro económico y cultural de la Bélgica francófona. En Pedigrí (1948) describe su ciudad natal como un lugar donde no había casi nada que hacer excepto ir a la escuela, la iglesia y ver las fotografías del tío Charles después de la cena del domingo. Allí descubre los primeros libros, Balzac, Dumas, Dickens, y también su otra gran afición: las niñas. Cuando Renée lo desflora en el bosque, el relato deja al lector sin aliento. Él tiene doce años y Renée, quince. Roger la empuja subida a una carretilla. Luego trepa a un árbol de acebo, para obsequiarla con bayas, y desciende con un corte en la mejilla por causa de las espinas. La chica le limpia la sangre de la herida, le baja los pantalones y, entre jadeos, lo «envuelve estrechamente con su cuerpo duro». Prácticamente lo ha circuncidado. Él vuelve a intentarlo, una y otra vez, y no se arrepentirá de ello el resto de su vida.
Simenon admiraba a su padre, Desiré. En Pedigrí, el progenitor recibe el mismo nombre que en la realidad. Trabaja de agente en una compañía de seguros. Es una persona de de carácter dulce, poco ambiciosa. Su comida, su periódico, su silla en la cocina, y el hijo, Roger, son sus pasatiempos. Por el contrario, la madre, Élise (Henriette), hace de la convivencia una permanente discordia. Llora y se lamenta de la vida. Es tan infeliz como feliz es su marido. Su gran preocupación es el dinero. En contra de la opinión de Desiré, alberga inquilinos en su pequeño apartamento. El hombre regresa a casa del trabajo y alguien está sentado en su silla, leyendo su periódico. Muere prematuramente el mismo año en que su hijo publica la primera de sus novelas. Simenon dejaría la ciudad y sólo volvería a ella para casarse. Después pasa el tiempo hasta que vuelve a cruzarse con la madre. Empieza a crecer como el escritor más productivo y uno de los colosos de la literatura del siglo XX.
Pedigrí es una bella novela triste y melancólica, la más larga dentro de la obra de Simenon, dominada por el realismo poético y dividida en tres partes que permite seguir la recreación de los primeros pasos del escritor ansioso y voraz que popularizaría a Maigret, uno de los grandes detectives de la historia, y que, a la vez, dejaría como legado un inmenso e intenso fresco literario de primerísima magnitud, «les romans durs». La quintaesencia de su crisis como hombre y autor.

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