La droga de la humanidad

kalok.inddDIEZ AÑOS ANTES DE QUE GEORGE ORWELL publicara la novela que le elevó a los altares de la literatura, 1984, una joven y desconocida escrita sueca llamada Karin Boye alumbraba Kallocaína, otra de esas novelas distópicas inspiradas por la atroz evidencia del fascismo en Europa. La del autor británico se ha convertido en un clásico, mientras que la obra de Boye sigue condenada a vagar por los suburbios literarios, cuando de hecho es que su novela no sólo es soberbia sino que tras su lectura es imposible no preguntarse si Orwell la leyó antes de imaginar el universo que le proporcionó la inmortalidad.
Boye narra en esta novela la peripecia de un científico que inventa una droga revolucionaria que permite anular la voluntad y extraer la verdad a quien se le suministra. Esa sustancia es extremadamente útil en una sociedad extremadamente controlada por un Estado omnipotente y omnímodo, en el que los sentimientos están prohibidos y todo movimiento queda registrado por los mecanismos de control audiovisual instalados por doquierUna sociedad fundamentada en el miedo y la fe a una élite infalible y extraordinariamente burocratizada en la que no existe resquicio alguno para la libertad personal.
En un mundo tan deshumanizado, la nueva droga devuelve al individuo su humanidad, deshinibiéndolo para que muestre sus sentimientos reprimidos. De esa forma, Boye plantea una sutil paradoja al proponer un instrumento represivo como un medio para humanizar a sus víctimas. Y ahí radica la originalidad de una propuesta con clara intención admonitoria, ante los acontecimientos que suceden en Europa y que luego tuvieron un corolario trágico.
Boye se convierte así en una pionera de la producción distópica que caracterizo tanto la obra del propio Orwell como la de otros autores como Huxley, aunque Kallocaína nunca fuera considerada una obra de referencia como así lo fueron las de los otros autores. Sin embargo, la novela de la atormentada escritora sueca contiene todo el poder desasosegante de las otras, y además propone una realidad amenazante e intemporal, como es la de la alienación voluntaria del individuo a manos de un ente superior, capaz de sugestionar sus más básicos instintos e imponer unos valores éticos que determinan la conducta más allá de toda moral. De esa forma, Kallocaína debería reivindicarse como una obra capital de la novelística prospectiva de sesgo apocalíptico, un análisis profundo y escalofriante de los límites de la voluntad humana, y del poder del Estado totalitario. La profundidad de sus reflexiones potencia la abominación que significa la uniformización de las sociedades. Es una lectura indispensable, además, para entender el efecto de los totalitarismos sobre la conducta de las sociedades europeas durante el convulso periodo de entreguerras.

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