La piedra contra la alambrada

00204LIBMUNACIDO EN  Jerusalén el 1 de noviembre de 1935, Edward Wadie Said (muerto en Nueva York, el 25 de septiembre de 2003), uno de los hombres y escritores por mí más admirados, y al que llegué a conocer, en Londres, durante una conferencia, y luego a lo largo de una cena memorable a la que ambos fuimos invitados, también fue uno de los hombres más atractivos, tanto físicamente como por su personalidad, que he conocido. E inteligente entre inteligentes, y no voy a añadir que modesto, pero sí sencillo; un ser de una naturalidad que llegaba a intimidarte por su brillante aspecto. No tengo claro qué es un ser superior, pero si esta especie humana existe, estoy seguro de que Edward W. Said fue uno de ellos.
De la amplia obra literaria de Edward W. Said, sin duda es su monumental Orientalismo (1978), que tanto ha influido en la visión posterior que europeos y americanos tenemos de árabe, su libro más famoso. En él, su autor describe y critica magistralmente el ‘orientalismo’, que consiste en una constelación de falsos prejuicios en el fondo de las actitudes occidentales con respecto a oriente; como así devela con argumentos inteligentes la larga tradición de imágenes falsas y romantizadas que, sobre Asia y el Medio Oriente, en la cultura occidental han servido de justificación implícita a las ambiciones coloniales e imperialistas de Europa y Estados Unidos.
Reflections on Exile (Reflexiones sobre el exilio) fue publicado originalmente por Harvard University Press, en 2001); y este conjunto de ensayos apareció en castellano cuando Edward W. Said había desaparecido, en 2005, y Random House Mondadori lo ha reeditado, hasta la edición de bolsillo actual. Reflexiones sobre el exilio es un ensayo que da título al libro, casi seiscientas páginas de muy variado tema: Hemingway y los toros; Conrad y Nietzsche; T. E. Lawrence y Mahfuz; la danzarina del vientre por excelencia egipcia, la mítica Tahia Carioca; sobre Moby Dick y la causa palestina; Alejandría y El Cairo, y tantos más ensayos literarios y culturales. Un libro para aprender e informarse acerca de política, democracia, humanismo… que acapara nuestra atención lectora para el resto del verano.
Edward W. Said nació palestino cristiano en un Jerusalén bajo mandato británico. Se educó en el exilio, primero en Egipto, y luego se nacionalizó estadounidense, completando su formación humanista e intelectual sin abandonar su activismo pro-palestino, hasta el final, y por el que tuvo muchos problemas, entre los cuales se cuenta la acusación, por sectores proisraelíes, de línea dura, de antisemita y hasta terrorista. En 2000, cuando ya comenzaba su enconada lucha contra la leucemia que acabaría con su vida a la edad de 67 años, fue fotografiado por casualidad arrojando una piedra hacia la alambrada que marca la frontera entre Líbano e Israel. Durante cuarenta años, de 1963 hasta su muerte, Said fue profesor de literatura inglesa y literatura comparada en la Universidad de Columbia. Varias generaciones de estudiantes y alumnos lo han seguido y considerado un importante iniciador de los estudios poscolonialistas. Edward W. Said nunca olvidó que a los trece años, en 1948, justo antes de la captura de Jerusalén occidental por parte de las fuerzas israelíes, se tuvo que trasladar con su familia a un campo de refugiados…
Una anciana palestina, sentada junto a mí, durante el acto del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, en 2002, con el que Said fue distinguido junto a su amigo el músico argentino-israelí Daniel Barenboim (Said era un excelente pianista, además de musicólogo), me dijo que también conocía de muchos años atrás a Said y que era entonces un niño precioso.
No me especificó dónde había ocurrido ese feliz encuentro. Saludamos a nuestro hombre al término de la ceremonia, la anciana dama y yo. El escritor la reconoció y la besó con cariño, hablándole en árabe. A mí me abrazó, y dándome las manos me llamó hermano menor, recordándome, para mi sorpresa, lo que le había dicho casi tres décadas atrás, nuestro gran amigo e israelí propalestino Abi Sirton: que él, Said y yo habíamos nacido un otoñal 1 de

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