Mundo Modiano (1) Fidelidad y vaivenes

La concesión del premio Nobel al escritor francés nos está permitiendo leer su obra casi completa, ocasión que hay que aprovechar porque estamos ante un escritor de los grandes, de esos que dispone de altas miras pese a que eche mano a poco material, a que entregue obras aparentemente mínimas y breves y que, sin embargo, acabarán por ser piezas importantes en la historia literaria.

 

Un autor con un estilo inconfundible, aparentemente sencillo, terriblemente denso y concentrado. Un narrador que fabula a su modo, sin concesiones, con un rosario de sugerencias que ensanchan a cada momento la dimensión de un relato siempre presto a jugar con los tiempos, con el del presente, en donde sitúa la trama, y con aquel otro, el pasado, siempre actualizado en su obra, en su evocación y en el recuerdo ya que el escritor, discípulo aventajado de Proust, recurre de modo recurrente a la memoria de sus días, a la novelización de una existencia, a los pasos perdidos de una vida anterior que siempre se sitúa desperdigada por varios lugares, pero que siempre finaliza en ese París que tan bien se prende y se cose a la escritura de quien siempre nos introduce con sumo acierto en la penumbra de unos hechos que parten de la infancia, en ese vaivén entre el pasado y el presente, entre lo que fue y lo que ha ocurrido. Una niebla muy parisina que nubla los contornos de la narración, que oscurece en ciertos momentos, un hermetismo que siempre le cae bien a una novela peculiar.
Si Proust escribe con meandros, con círculos que se ensanchan, con reminiscencias de la infancia, con la fragancia que derrama el perfume de los recuerdos, Patrick Modiano es escueto, sobrio, casi conciso, tan selecto y seguro como el otro, y llegando a ese mismo objeto final de reflexión sobre los sucesos. Partiendo en esta ocasión de un accidente de coche  conducido por una mujer que tiene el narrador, siempre en primera persona, nos va llevando poco a poco al desvelamiento de ciertos momentos acontecidos en el pasado y al encuentro con esa mujer tras infinitos viajes por esas callejas, avenidas y parques de París que tan bien conoce el rostro noble de lo que fue, la forma actual de esos espacios por donde discurre una especie de alma en pena, mal vestido, lisiado,  que poco a poco va agolpando noticia escueta del padre, de hechos que le han sucedido entre la mentira de la ficción y la verdad de la experiencia personal. Un continuo peregrinar por barrios que fueron su cuna y por zonas que amplían el espacio de quien siempre recupera algo de atrás, pero que bulle hacia delante con la intención de aclarar esas dudas que se ciernen sobre su galvanizado sentir.
Tengo para mí el convencimiento de que Modiano dota a todas sus criaturas de unas naturalezas en las que habita la duda, el miedo, el temor, la inseguridad. Seres que vacilan mientras pretenden asentarse en su universo y afirmarse en sí mismas. Que van surcando el camino para encontrar nuevas razones para vivir y comprender. Con la fidelidad a su proceder técnico, Modiano, como en tantas nuevas obras, nos muestra que sigue en primera línea.

Aprovecho la traducción al castellano de las obras del francés Patrick Modiano, premio Nobel de literatura del 2014,para ir compenetrándose tanto con el aspecto constructivo de su arte  como con el sentido poético de su escritura, una obra que, como vengo significando, se manifiesta de manera sistemática en este Ropero de la infancia en donde nuevamente se juega con dos tiempos de modo puntual.
El autor siempre se pone en marcha con un presente que rompe tan pronto se adentra en el proceso y echa la vista atrás, un mecanismo que funciona con una precisión de un excepcional relojero, hecho a medir los tiempos, a jugar con ellos, a estirarlos si los estima oportuno o a comprimir  el suceso si lo juzga pertinente. Lo que queda claro es que los vaivenes en el tiempo de la novela son constantes a lo largo de su narrativa, sin duda porque explota a fondo el hilo de la memoria, el yugo del recuerdo, la herida del tiempo sobre las personas y los objetos, también los edificios, siempre presente en estas novelas que aparentemente apenas dejan margen para la descripción o el ambiente, como si todo fuera liviano, como si la nube, la calima o la niebla cubriera los momentos calientes de un relato que apunta en esta ocasión hacia la zona sureña en principio, una ciudad que puede ser Tetuán, como señala el escritor nada más iniciarse la aventura literaria, pero que desemboca inevitablemente en ese París de sus amores y aventuras, de sus correrías infantiles, de sus movimientos adolescentes, de sus pasos perdidos, esos que continuamente desanda para volver al origen de las cosas.
Una pátina de misterio salpica este relato —y tantos otros de su cosecha— en esta ocasión en donde un hombre, el narrador en primera persona, como de costumbre, se sitúa en un momento dado frente a un rostro que inmediatamente le lleva a otro igual que encontró en tiempo lejano, como si dos personas se unieran en el tiempo y en el espacio, como si se pudiera regresar al tiempo pasado para recuperar el presente o a la viceversa, que ambas posibilidades ofrece un escritor que vuelve a incidir de la misma manera en la soledad del escritor, en la identidad de quien fue y de quien es, en huida hacia adelante tras haber escapado del pasado, un pasado del que nadie puede librarse si tenemos en cuenta las consideraciones de un novelista de tintes filosóficos, de un poeta de fidelidad extraordinaria a un mundo y a los seres desaparecidos.
En un momento dado se indica en el texto que «llega un día en que nuestros mayores ya no están. Y, por desgracia, hay que resolverse a vivir con nuestros contemporáneos».. Una total libertad de construcción, con avances y retrocesos, preside este libro que va a la búsqueda sistemática de las cosas perdidas, de las olvidadas, tanto de las grandes emociones como de los pequeños objetos que acaparan nuestra atención. Modiano, un novelista singular y riguroso, nos vuelve a dar otra lección de literatura en pocas páginas, una magistral combinación de aspectos técnicos, humanos y líricos, una eclosión de arte en estado puro

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