Prendido a emociones

Joaquín Juan Penalva  (Novelda, 1976) acaba de publicar en la editorial Huerga y Fierro, de Madrid, en su Colección de Poesía, un nuevo libro de gran calidad, significativamente titulado Anfitriones de una derrota infinita. Un poema central explica el título del libro y señala en sus versos cómo el poeta, anclado en una derrota infinita, se dispone a dar nombre a un conjunto de poemas en el que está recogiendo los signos del desaliento que el transcurso de la existencia ha marcado una vida que entra en la madurez. Los gozos y las sombras de esos días transcurridos darán cuerpo a las múltiples representaciones poéticas que este volumen atesora, poblado de experiencias vitales y emotivas, y regenerado en la memoria de una existencia que se revive en cada poema y en cada uno de sus versos: «Es la vida, me digo,  / nada sobrevive a todo», se dice en uno de los poemas más intensos del conjunto, Recortes de vida.
Realmente son esos fragmentos los que pueblan tantos poemas decisivos. Y en sus versos están los libros, las lecturas, algún poeta preferido y recordado entrañablemente, los viajes, los lugares que quedan en la memoria… y el cine, tan presente en la poesía de este autor contemporáneo que asume el séptimo arte como parte del imaginario personal, el cine con Mogambo y La condesa descalza. Son los latidos  estéticos y culturales de toda una generación, que forjaron una manera de ser y que son recuperados por la memoria y por el recuerdo: tertulias de amigos, los años de la Universidad de hace veinte años. Y las derrotas consiguientes, que han construido mundos, imborrables, presentes en la memoria y que el poeta quiere eternizar en sus versos: «Siempre quedará / otra batalla por perder… / hacia esa derrota / pongo rumbo», queda escrito en Visión de futuro, otro breve poema fundamental del libro, que mira hacia adelante, hacia un destino ignoto pero acaso ansiado.
Dos poemas enfrentados clausuran el libro y recogen en sus títulos el viejo adagio latino «Ars longa vita brevis» para contraponer lo que la vida ha sido y cómo el poeta quiere manifestar, en breve reflexión metapoética, para qué escribe: «Escribo para recordar / lo que he leído… / lo que he sido…» (Ars longa), concentrada reflexión que institucionaliza la memoria, y que en Vita brevis confirma el imposible que alimenta la mayor de las derrotas: todo es inmenso e inabordable, y la vida no da de sí: «El mundo es tan grande… / y tantos los libros, / tantos los sueños…». Colofón doble para un libro sincero y auténtico, que revive experiencia y, como decimos, no solo recoge los latidos de un poeta sino los de toda una generación.
Es interesarse recrearse en los espacios de la memoria que el autor ha construido con las piezas representadas por cada uno de los poemas. Si nos detenemos en los escenarios de algunos de ellos, vinculados a estancias en lugares privilegiados (Venecia, Delhi, Lisboa, un monasterio próximo a San Gimignano), comprendemos por qué muestran en su singularidad el atractivo de los sentidos y lo vivido, que el poeta quiere eternizar con su palabra. Otras veces no serán los espacios sino los tiempos de la memoria colectiva. Así recupera personajes para el lector que viven sus mundos en el tiempo y reposan en la historia con su lección indeleble: Churchill y el rey Jorge en Londres en guerra, la zarina Alexandra en Ekaterimburgo… No son menos sugeridores los espacios de la literatura (desde el Walter Scott de la adolescencia al Ángel González vivo en el recuerdo) y del cine, que, como hemos adelantado, revive como espacio de vida y de transcurso del tiempo.
Joaquín Juan Penalva ha conjuntado este Anfitriones de una derrota infinita  como un  libro de reflexiones vitales convincentes, lo que ha logrado con una palabra poética nítida, desnuda pero altamente significativa, prendida a emociones entrañables, de manera que su idioma personal ha creado un estilo vigoroso. El poeta con su palabra ha forjado un mundo propio, no hay duda, pero ha sabido hacerlo traspasar espacios y tiempos hasta conseguir atrapar al lector.
Y lo logra porque cada estancia, con su autonomía, va edificando un mundo global en el que el poeta ha legado los jirones de una existencia desprendidos de él mismo, que a él le ha interesado evocar entre derrotas, pero también entre íntimas victorias, algo que se percibe en un optimismo recuperador que todo lo supera: adversidades, frustraciones y desde luego derrotas, esas derrotas que se manifiesta en el título del volumen.

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