Mundo Modiano (2) Territorio propio

168520PARA QUE NO TE PIERDAS EN EL BARRIO
En este verano dedicado a bañarme en las aguas modianas me afianzo en la teoría de que un gran escritor impone su propio estilo desde el primer momento, juega con cartas seguras e imprime un sello personal —su propio estilo— que puede seducir como ser rechazado por aquellos que no quieran girar sobre su órbita. El gran escritor se asienta en sus mismos personajes que suelen ser, como los de Modiano, solitarios y ajenos a la condición normal de los mortales y acaban interesando al lector por el poder de la sugerencia, los cabos que dejan sueltos o por el misterio que acarrean.  Por lo que dicen en el ahora y por lo que resucitan del pasado, Y, por supuesto, sacan a relucir la bandera inexorable del tiempo que enmarca a los seres humanos, a los días que se fueron, a los años de la infancia, esos en donde se viven experiencias únicas, irrepetibles e inexplicables que se tratan de narrar en los momentos tardíos, tal como sucede en la obra de Patrick Modiano, un narrador que inicia casi todas sus obras en un presente cronológico que acaba sepultado bajo el peso del pasado, a la sombra siempre de algunos rasgos que se descubren, de algunos velos que se han de quitar para la comprensión de una trama escueta y breve. En ese continuo penduleo entre lo que sucede y lo que pasó, entre aquello que se vive o padece y aquello otro que fue la esencia de uno mismo.
De nuevo saca a colación en esta obra a ese escritor solitario, separado del mundo, personalmente interesado en destruir las huellas de sus días, quebrado todo ello por meros recuerdos que le retornan a aquel turbio pasado al que hay que rescatar, un pasado que se le presenta a través de escueta noticia que pone en marcha un mecanismo de reconstrucción de aquel pasado que apenas se entrevé por medio de algunos nombres, de alguna reminiscencia, por el poder de la caprichosa memoria que resucita lo que estima conveniente para poner en pie una serie de hechos que se esfuman por el paso de los días. Como poner algunas claridades en la oscuridad del tiempo, facilitar un mínimo de datos para ensanchar el continente cerrado y hermético de una obra sorprendente.
Todo procede de aquel pasado, de algunos trazos que vivimos en el pasado, de algunos hechos que se nos han incrustado en la piel aunque no tengamos plena conciencia. Que hay hechos y personas que se nos cruzaron por la existencia y que nos han dejado, sin que lo sepamos, profunda huella, sea en París, eje de la reconstrucción de toda la obra de Modiano, o en cualquier lugar en donde habite la memoria o el olvido, dos ejes sobre los que actúa una narración breve pero muy condensada, tan abierta.

 

Una obra que, como París, guarda el secreto de la lluvia, de esa bruma que flota en las páginas, de ese misterio que se va deshaciendo por la pericia de un autor que siempre añade un dato, que extrae un recuerdo, que asoma una punta de aquella nube que flotó sobre sus personajes principales. Los cambios de nombres o apellidos, la vieja y la nueva identidad, los juegos con el tiempo, la alternancia de la memoria y el olvido, el afán por la recuperación del pasado conforman un territorio propio que nos ha impuesto el escritor francés.

TAN BUENOS CHICOS

En este largo repaso que estamos realizando en torno a la obra anterior de Patrick Modiano —traducida ahora al castellano tras la obtención del premio Nobel 2014— nos encontramos con esta obra de Tan buenos chicos escrita con procedimientos bien distintos a los que hemos caracterizado la mayor parte de su obra analizada en esta ocasión. Para empezar estas diferencias afectan a esas típicas y habituales cortinas de niebla que se tienden sobre la escritura y en torno a los personajes de uno de los escritores mejor dotados para marcar esa zona de misterio y oscuridad, ese pequeño hermetismo que le permite en cada momento sacar un resquicio de luz  que puede ser un nombre, un recuerdo, una reminiscencia- para que el lector llegue al conocimiento de la realidad literaria propuesta. Y tampoco acude en esta ocasión a esas persistentes lluvias que ocultan la trama o las acciones de sus criaturas literarias, sin duda alguna dotadas de la experiencia y la observación que les suministra un autor que acude continuamente a la memoria de las cosas y que se apresta en toda ocasión a sacar astillas del viejo árbol de la vida.
Con claridad meridiana, primera premisa, pues, afronta en esta obra Patrick Modiano la tarea de dar cuenta de algunos profesores y alumnos que formaron parte de su vida en un internado en donde se le prestaba especial atención a la disciplina y a los deportes, no tanto a las humanidades. Unos personajes que ocuparon su vida en la adolescencia y que una vez desperdigados por el paso de los días, vuelven a cobrar vida propia en ese espacio parisino tan propio de Modiano, como si la gran capital francesa fuera en última instancia un pequeño y minúsculo barrio que conoció como la palma de su mano y que saca a relucir en todo momento y en casi todas sus obras.
Colegas del internado vuelven a salir de sus madrigueras, se tropiezan con el narrador preotagonista, siempre en primera persona, quien se apresura en breves páginas a dejar huella de su pasado en el internado y sobre todo de lo que les ha concedido la vida, generalmente escaso bagaje para este grupo de estrafalarios compañeros de estudios, llamados a principio a triunfar, perdidos más tarde en la contienda de la existencia. Embarcados algunos en aventuras peligrosas, en algún momento criminales, sin obviar del todo a tipos cándidos que pasan de manera fugaz por unas páginas muy concentradas que tienen la virtud de poner al descubierto vicios del pasado y las heridas del presente, pequeñas anécdotas del pretérito y turbios negocios del presente por tipos que no han salido triunfadores de aquel colegio de Valvert, ese castillo o celda a la que asedia desde el principio de la narración.
Puede que Modiano describiera la desvertebrada sociedad francesa de su adolescencia, el alejamiento o el distanciamiento de padres e hijos, puede que quisiera pintar en apuntes el fracaso de toda su generación, lo que resulta evidente es que Modiano abunda en un fondo de codicia y ambición económica que persigue a sus viejos amigos, en la condición inestable de quienes fueron sus compañeros de internado.
Disfrazado ahora de actor     —generalmente el narrador era escritor— el narrador se va tropezando con unos y otros para dejar constancia de lo que les ha ofrecido el destino a aquellos personajes desarraigados, atrapados en el acontecer de la existencia.

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