Arcadi Espada: El nacionalismo o la peste

00302LIBMUHa escrito Arcadi Espada, durante un año largo como un milenio (en la Cataluña milenarista todo se mide en milenios), la crónica taurina de la expansión de la peste, el nacionalismo, en su fase de culminación y en lo que alguna vez fue el territorio que creímos un modelo. El ideal que soñábamos para nuestras pobres, brutes, tristes y dissortades patrias, en las hermosas palabras de Espriu.

En realidad, he escrito ‘ha escrito’, y no sé si lo que hace Arcadi es escribir o marcar a espada con la sangre propia y la de sus muñecotes, como en el bolero del gran Moncho. Si estuviéramos en el XVII diríamos que es un conceptista (precisión, ira cincelada, la mano siempre cargada), pero, ¡ay!, como nuestro padre Quevedo, un conceptista enamorado al que a veces la belleza traiciona para hacerle producir algunas de las páginas más cargadas de claridad, significado, sentido y contundencia que hoy podemos leer en España. Tan claro que acabó hace unos días, en El Mundo, donde sigue con su blog 1714: Diario del año de la peste del que surge esencialmente el libro, con una entrega titulada Declaración unilateral, en la que aparece, definitiva, luminosa, a la que no hay nada que añadir y que lo explica todo, esta ‘declaración’ sobre la Cataluña nacionalista: «Mi pequeña xenófoba». Y ahora que empiece a girar la rueda de los que continúan queriendo contentar a la pequeña, planteando caramelos federales, repúblicas bolivarianas o arrodillamientos margallosos y que nunca entendieron la verdadera naturaleza de la niñita.
También he dicho que Diarios de la peste es una crónica taurina, y debería haber dicho cómico-taurino-musical, porque la realidad ha desbordado incluso el pesimismo jovial de este gran satírico, emboscado de cronista ‘factual’, que es Arcadi. La bufonada que ha supuesto ver a Mas y Junqueras, travestidos de Moisés y Josué, conduciendo al pueblo elegido a través del tres por ciento, ha roto en algo mucho más esperpéntico que el circo mismo (no en vano han subtitulado al libro Junts pel circ), una actividad seria; ha dado en algo que para mí sólo es equiparable a la Banda del Empastre, uno de los mejores recuerdos de mi infancia, cuando mi padre me llevaba en la Feria de Caravaca a ver el ‘espectáculo cómico-taurino-musical’ de esta banda de valencianos, de la mejor estirpe Berlanga, entre los que no faltaba nunca Don Tancredo: obviamente, Mariano Rajoy. Sólo que a aquel Tancredo no le crecían los enanos.
Deberíamos dolernos de que Berlanga muriera hace unos años, porque imaginar la película que podría haber hecho sobre esta panda de racistas, impostores, comisionistas, gandules, arribistas, conversos y desvergonzados que se agrupa en Junts pel circ, no puede sino llevarnos a presentir una carcajada. Berlanga, al que todos reconocemos como el autor de una obra cinematográfica que nos refleja mejor que ninguna otra, Buñuel aparte, resulta que era valenciano, es decir, según el nacionalismo cata-valenciano (el catalanismo valenciano es incluso peor que el catalán), un catalán. Osti, tú, resultará que el esperpento español, del Arcipreste a don Ramón de la Cruz, de Valle a Chumy Chúmez y los Ozores, encuentra en un ‘catalán’ su expresión más disparatada y expresiva. Que el Señor me perdone antes de que me desterréis para siempre, pero ¿qué otra cosa podía ser Junqueras sino español?
Pero si a Berlanga hay que retorcerlo para que pueda resultar representativo de quienes, sin duda, deben odiarlo intensamente, porque la España de Berlanga siempre va con ellos dentro aunque sea para vender sanitarios, quien los reflejó, los desveló, los vistió para siempre, fue un artista tan absolutamente catalán, tan profundamente, por ello, español, como Albert Boadella. Y hablo de su Ubú (Operación Ubú, 1981, que pude ver en San Javier), que me parece el inicio de un ciclo narrativo sobre el nacionalismo catalán, farsa y licencia de los ladrones castizos, que se abrió entonces y que ha venido a cerrar Arcadi Espada con estos Diarios de la peste. Y que iría, con ellos, de aquel primer e insustituible Ubú, Jordi Pujol, que terminó por costarle el exilio tras su afinada reedición en 1995, a este último perfecto Ubú, al que ni siquiera Jarry pudo imaginarle una encarnación tan ajustada, nuestro Junqueras, desbordante, excesivo, magnífico, le Roi Ubú que la Cataluña cerril esperó siempre como mesías para rehacer el Tratado de Caspe y echar a los  ‘castellanos’, y al que Arcadi ha dedicado algunos de sus más divertidos apuntes.
El libro es una fiesta. El trabajo de la ilustradora, Ana Cortils (de la que se dice que es hija de madrileño y catalana, pero se oculta su nacimiento y crianza murcianos, ella sabrá, cuando no hay tierra a la que el mestizaje, castellanos, catalanes, aragoneses, genoveses, navarros e tutti quanti, haya hecho más inmune al nacionalismo que este ‘sudestern’ agrolírico), les da a los textos, seleccionados por el propio editor, Max Lacruz, su verdadera dimensión, los mejora, no los ilustra, los revive, se funde con ellos para crear algo nuevo, gozoso incluso ante la inmensa tristeza con que la estupidez revelada nos va calando el alma. Lo abres y te saltan a la cara los bufones, los enanos, los profetas caganers, las raholitas presumidas, los tontos de capirote. De vez en cuando, brotan algunas personas dignas, exiliados como Azúa, por ejemplo, que nos devuelven a la  dimensión trágica de esta peste endilgada como verbena popular por sus administradores. Por eso, ni siquiera Arcadi, enemigo formal de la poesía, puede evitar puntas de melancolía, un lamento soterrado por la Cataluña que le han robado. Que nos han robado. Y quizás para siempre.

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