La momia del filósofo

Me reúno en el Casino de Murcia con Rafael González-Balanzá, uno de los escritores más feliz y ferozmente literarios de España. La reunión es peliaguda y se anuncia llena de aristas intelectuales, porque tiene como propósito iniciar a Rafa en los placeres complejos del whisky de malta tostada con turba de las tierras altas de Escocia. Comienzo por exponer la regla de oro del buen bebedor de whisky: uno es poco; dos está bien; tres vuelve a ser poco… Ocurre, sin embargo, que el esfuerzo sensible y la tensión intelectual que exige entender, pensar y metabolizar el whisky que nos estamos bebiendo no tarda en agotarnos a nosotros y en desgalichar nuestra conversación, que deriva hacia materias más fáciles y frívolas, cuales son la Literatura y la Filosofía.

En ésas estamos cuando Rafa, que sabe de mi debilidad por el empirismo británico, me desvela uno de los secretos que esconde la ciudad de Londres: un armario del University College en el que reposa el cadáver embalsamado de Jeremías Bentham, cuya momia sale del armario una vez al año, y preside la reunión solemne con que abre el curso académico el Consejo Rector de dicha institución universitaria. Rafa, además, me cuenta que utilizó cierta recomendación para conseguir que le enseñaran la momia, y en ese momento noto el mordisco de la envidia (sana, quiero pensar) y me prometo volver pronto a Londres para sacarme la espina como sea y al precio que sea. Hay causas que bien merecen un tráfico de influencias, y ya me pensaré a quién he de llamar para que me abran la puerta del armario.

De Bentham conocía (vagamente) lo que nos cuentan los manuales: su papel como fundador del utilitarismo, el diáfano sentido común con que orientó su quehacer filosófico y su fuerte compromiso personal e intelectual con las reformas sociales. También me asomé con no poco deleite a su teoría de los placeres, que distingue con minuciosidad jesuítica, de acuerdo a siete criterios: intensidad, duración, certeza, proximidad, fecundidad, pureza (ausencia de dolor) y extensión. La extensión, por cierto, es el criterio con el que se mide el placer de quien disfruta de su generosidad y simpatía, de quien sabe apropiarse de la alegría ajena y goza procurando a los demás todo aquello que nos ayuda a llevar una vida placentera.

Llevado de esta simpatía, por cierto, Bentham abordó las bases teóricas y prácticas de una reforma penitenciaria, que sirviera para mejorar las condiciones concretas de la vida de los presidiarios. De aquí salió el proyecto del Panópticon, un diseño arquitectónico en el que se inspiran la mayoría de las cárceles que se construyeron en el mundo civilizado a partir de la muerte de Bentham en 1832. Y también, aunque esto es menos conocido, unos escritos sobre cocina en los que se componen una siere de ‘menús utilitarios’ para los presos y sus cuidadores, con expresión detallada de recetas fácilmente reproducibles, porque la filosofía británica tiene eso, que no se anda por las nubes, sino que camina siempre a ras del suelo por el que discurre la vida social; o mejor: la vida concreta de cada uno de nosotros.

La idea de mejorar la humanidad a través del paladar me excita, me levanta el espíritu, porque me toca de lleno en la vejiga del gusto de la ética mínima con la que compongo estas reflexiones sobre los placeres y los días, y no soy el único. Las ideas gastronómico-sociales de Bentham encontraron desarrollos delirantes en la gastrosofía socialista de Charles Fourier, quien proponía cambiar el agua de los océanos por gaseosa bien azucarada como vía para obtener la felicidad universal; o repensar la composición de los patés de modo tal que su consumo nos garantizase el crecimiento, engorde y rendimiento de lo del día de la boda, por aquello de que no hay placer en lo escaso. Sin ir tan lejos, creo que no se puede negar que muchos de los problemas que estrangulan el espíritu de nuestro tiempo se suavizarían si la gente dedicara más tiempo a sofreír el tomate en su sartén; si cociésemos los garbanzos a su amor; si calentásemos nuestro paladar con las guindillas de Oriente; si comprendiésemos que el desarrollo del gusto culinario corre paralelo al desarrollo de la madurez moral; si cocinásemos para los amigos como ejercicio de virtud; si decidiéramos nuestra dieta sin pedirle permiso a ningún dios; a ningún Absoluto, en general.

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