Neruda. Los amores inabarcables

00201LIBMUGabriele Morelli, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Bérgamo, acaba de publicar en la veterana colección Letras Hispánicas de Cátedra una edición de las Cartas de amor de Pablo Neruda (Parral, 1904-Santiago de Chile, 1973), en la que ha recopilado por primera vez, utilizando colecciones dispersas, todas las misivas enviadas a sus diferentes  amadas, junto a las interesantísimas dirigidas a su hermana Laura. En total son 193 cartas, ya que, junto a las veinte a su hermana, se recogen trece a Terusa (Teresa Vásquez, 1922-124) ciento cuatro a Albertina Rosa Azócar (1922-1932), tres a Olga Margarita Burgos (1933), seis a Delia del Carril (1936-1952) y cuarenta y siete a Matilde Urrutia (1950-1973).
Como muy detalladamente demuestra Gabriele Morelli en su estudio preliminar de más de ochenta páginas, el epistolario amoroso nos presenta a un Neruda escritor diferente del apasionado poeta amoroso que conocemos a través de su lírica, e incluso también distinto del autor de valiosos e imprescindibles libros de memorias. En las cartas aparece un Neruda más personal, más directo y, desde luego, más sincero e impulsivo. Las diversas facetas del amor pueden atestiguarse a través de estos textos singulares, tanto el éxtasis de la entrega como las contrariedades surgidas por la ausencia de la amada o más aún por su desdén.
Señala Morelli que el poeta entabla en ellas una lucha desigual al advertir que el lenguaje, las palabras, son incapaces de expresar la magnitud de su deseo erótico y la autenticidad de sus sentimientos.  El léxico se muestra insuficiente y Neruda se esfuerza por escribir sus sentimientos para lo cual utiliza multitud de recursos expresivos como el balbuceo infantil. Llama la atención en este sentido los sobrenombres o apelativos que utiliza para nombrar a sus amadas, que reflejan bien la exaltación y la inquietud del enamorado y apasionado Pablo Neruda.
Está plenamente justificada la presencia en esta colección de las cartas a su hermana Laura y a su ‘mamadre’ Trinidad Candia Marverde, que sustituyó a su madre verdadera, muerta prematuramente. Su hermana fue su confidente preferida en los años de juventud y las cartas a ella dirigidas  —apunta Morelli— «enriquecen la exuberante lista de las experiencia amorosa del poeta y por ello se engastan en este libro, aportando el matiz de ternura que alberga el corazón».
Todas las cartas, en conjunto, aportan mucho para conocer al gran poeta porque revelan numerosas referencias personales y muestran sus intereses vitales. Junto a los encendidos apelativos y a las palabras ardientes, están los datos de una vida y de una personalidad que se documentan tan solo a través de estas misivas.
Morelli, en su estudio preliminar, contextualiza histórica y sentimentalmente el papel de cada una de las destinatarias en la vida y en la poesía de Neruda. Por ejemplo, su obra maestra  y más difundida, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, está inspirada por Terusa, por lo menos nueve poemas están relacionados con ella y Albertina Rosa es la protagonista del resto, aunque sabemos que el poema 19 está dedicado a otro amor juvenil, María Parodi. Olga Margarita Burgos será la inspiradora de algunos poemas de Residencia en la tierra, que la bella estudiante de Odontología suscitó en Pablo, obsesivamente enamorado de ella, como se puede leer en una de las epístolas: «Olga dulce, Olga loca, Olga de miel, Olga de fuego, Olga setiembre, Olga agua, Olga roja, Olga ardiendo, Olga sombra, Olga día, Olga cartas, Olga boca, Olga para mí, Olga solo para mí, Olga diurna, Olga entre Olgas».
No existe ninguna carta de Pablo dirigida a su mujer María Antonia Hagenaar, Maruca, extraña señora con quien vivió en Madrid en la casa de las Flores del barrio de Argüelles, lugar mítico de las reuniones de poetas intelectuales de los años treinta, entre ellos Miguel Hernández.  Neruda tuvo con ella una niña que padecía hidrocefalia, Malva Marina, que no podía ver la luz, y a su casa de Madrid vino a vivir con ellos Delia del Carril, veinte años mayor que Neruda, militante comunista que tanto influiría en el pensamiento del poeta y que finalmente acabaría siendo su amante.
El final está reservado a Matilde Urrutia, compañera hasta la muerte del poeta en 1973, su relación más intensa y prolongada, tal como ella misma testimonia en su libro Mi vida con Pablo Neruda. Pero su historia de amor también tuvo sus tropiezos, sobre todo cuando Neruda se enamora, ya en la senectud, de Alicia, la joven sobrina de Matilde que tienen alojada en su propia casa de Santiago, La Chascona. Genio y figura…

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