Novela histórica

00701LIBMULa novela histórica debe sortear, entre otros, el problema de convertir a personas reales en personajes literarios sin que la guía que la realidad constituye para el autor sea obstáculo  para que éste desarrolle plenamente su capacidad creadora. Pero los personajes reales suelen ser reacios a someterse a los deseos del escritor y se aferran a la  verdad histórica en detrimento de la libertad literaria así que, aquél tiene que conjugar una y otra para encontrar la voz de los personajes y construir una ficción que trascienda al simple relato de unos hechos de existencia probada.
Los soldados no lloran recibió en Holanda el premio  Thea Beckman 2012 a la mejor novela histórica juvenil.  Se desarrolla en Inglaterra en el periodo de entreguerras y  tiene como marco al grupo de Bloomsbury. No puede decirse que el objetivo que se propone  el autor, Rinder Kromhout, no sea ambicioso. Construir una novela accesible al público juvenil tomando como protagonista al más importante grupo de intelectuales del primer tercio del siglo XX en Inglaterra puede parecer una tarea abocada al fracaso y sin embargo Kromhout  consigue su objetivo.
La novela está narrada en primera persona por Quentin Bell, sobrino de  Virginia Woolf, y dividida en capítulos que abarcan desde 1925 a 1937 año en el que su hermano Julian se alista en las Brigadas Internacionales para luchar en la Guerra Civil española. La primera gran baza de la novela es que no es necesario ningún conocimiento previo ni sobre el periodo histórico ni sobre los personajes reales que inspiran a los protagonistas.
Los soldados no lloran es una novela de aprendizaje. Habla de libertad, del descubrimiento del amor y del sexo, de arte, de literatura, del respeto por lo diferente. Nos sumerge en un periodo histórico sin esfuerzo alguno, introduciendo al lector en el inicio de los fascismos en Europa, en la llegada al poder de Hitler y Mussolini o en la convulsa situación económica tras el crack bursátil de 1929, acontecimientos que el protagonista conoce a través de su hermano Julian cada vez más concienciado políticamente en tanto que él se centra en convertirse en escritor.
A través de los recuerdos de Quentin viajamos a Charleston, la casa en el campo en la que se instala con sus hermanos, Julian y Angélica, su madre, la pintora Vanessa Bell y el compañero de ésta Duncan Grant, también pintor, cuando estos deciden abandonar Londres para dedicarse a la pintura. Asistimos a la idílica infancia del protagonista y sus hermanos, rodeados de artistas y escritores que pasan por su casa y  que forman un grupo cerrado y diferente al de la gente del campo que son sus vecinos. Expatriados dentro de su propio país, pacifistas en una Europa abocada a la guerra, viven libres de los  convencionalismos y de los dictados heredados de la moral victoriana. Actúan conforme a sus ideales, viven de acuerdo con ellos y parecen inmunes a las contradicciones por las que otros se ven amenazados. Sin embargo un secreto desvelado echa por tierra esta apariencia de perfección y enfrenta a Quentin y a su hermano Julian a una nueva imagen de su familia mucho menos idílica y  complaciente.
Rindert Kromhout  construye una novela de iniciación que relata el tránsito de la infancia a la madurez de los protagonistas. Con un estilo claro y sin la profusión de datos que podría esperarse de una ficción histórica, consigue una obra amena, optimista aunque algunas de sus escenas no lo sean  y bien documentada a pesar de las licencias temporales que  el autor se permite.
Los soldados no lloran es una novela interesante que puede gustar a adultos y a jóvenes  porque, como el autor hace decir a uno de los personajes, los buenos libros son accesibles

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