Un verano de aviones y mucho béisbol

00201LIBMUSI alguien cree que la historia de   Charles Lindbergh, el tipo que cruzó por primera vez el Atlántico, volando en solitario a bordo del Espíritu de San Luis, narrada hasta la saciedad por la literatura y el cine, era un asunto concluido, es que no conoce a Bill Bryson. Y si no conoce a Bryson es que nunca ha visitado esta columnilla. Cosa más que probable, habida cuenta de las cartas que recibo de los lectores y el magro salario que obtengo por su ejecución (no se tomen esta última palabra muy al pie de la letra).
Bryson es capaz de contar la teoría de la relatividad haciendo reir a un niño al que se le atragantó la hipotenusa de Pitágoras en varias convocatorias de septiembre (Una breve historia de casi todo); de contar un viaje a Australia y romper todos los proyectos del Imserso con rumbo a Benidorm (En la Antípodas); de convertir la oscura biografía del autor de  Romeo y Julieta en un asunto más transparente que la vida de Isabel Pantoja (Shakespeare); de contar las andanzas de su niñez sacando los colores a Mark Twain (Aventuras y desventuras del chico Centella); y de explicar el habitáculo donde residimos, algunos afortunados humanos, con más precisión que un agente inmobiliario y el mamón que creó la burbuja del mismo nombre (En casa).
Un servidor es el vocero de Bill Bryson, un apasionado seguidor, hasta el punto que, bien pensado, esta columnilla debería llamarse Equipaje de Bryson y percibir por ello —el señor me escuche— algún gracioso emolumento por parte de este autor que todo lo convierte en un best seller.
Bill Bryson acaba de publicar 1927: un verano que cambió el mundo (RBA, 2015): un libro panorámico, misceláneo, global, documentadísimo, lleno de curiosas anécdotas y de hitos de trascendencia histórica, en torno al largo estío americano en que Lindbergh voló de Nueva York hasta París. Un pretexto, o hilo conductor, que sirve para trazar una historia de los vuelos transatlánticos, de aquellas barbaridad que se llamo la ‘Ley Seca’, a mayor gloria de Al Capone, de la revolución que supuso el estreno del sonoro con El cantor de jazz, de la confabulación de banqueros que propició el ‘crack del 29’, del arranque de un invento que se llamó televisión, cuando la radio era el espectáculo doméstico por antonomasia, o del revulsivo sociopolítico mundial que supuso la ejecución de Sacco y Vanzetti en agosto de aquel año.
Una suerte de mosaico luminoso y sumamente divertido donde no falta la crónica criminal, las catástrofes naturales con el desbordamiento del Mississipi, el inicio de la construcción de las esculturas del monte Rushmore, la radiografía del imperio automovilístico de Henry Ford, y… béisbol. Mucho béisbol: el deporte nacional americano, centrado en la mítica figura de Babe Ruth, una suerte de Di Stefano del bate, que a los lectores españoles nos dice tanto como la figura de Manolete a una comunidad de esquimales. En los capítulos dedicados al béisbol —lo siento Bryson, nunca me pagaste— radica el único problema de un libro que se leerá como un tiro entre Chicago y Minessota, pero que aquí supone un pequeño lastre para los apasionados seguidores de este brillante autor. Así que me quedo con el comentario de la suegra de Calvin Coollidge —el presidente de los USA aquel año, un auténtico holgazán— al anunciar que no se presentaría a la reelección: «Nunca me ha gustado ese hombre, desde el día en que Grace se casó con él, y el hecho de que ahora sea el presidente de Estados Unidos, no cambia nada». Necesitamos más suegras así. No lo duden. Bryson no para de contar chismes tan e

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