Una vez, en Anatolia

La muerte, este año, de Yasar Kemal  (Hermite, Adana, 1923-Estambul-), el gran escritor turco, no ha tenido la repercusión que mereciera entre los lectores españoles actuales. Quienes viajan a la bellísima Estambul, aparte de consabidas guías y recomendaciones de amigos y anteriores visitantes de la milenarias y multicultural metrópolis, van provistos del monumental Estambul, de Orhan Pamuk, espléndida obra literaria de un sorprendente y ya no tan joven escritor y novelista, galardonado con el premio Nobel. Yasar Kemal, eterno candidato a ese veleidoso premio de la Academia sueca, tiene en cambio varias generaciones de lectores; una lectura constante, nada que ver con modas mediáticas. Queda para la historia el que no haya sido Kemal el primer distinguido de la lengua turca literaria. Algo parecido también ocurrió con el portugués, pues fue el hábil, polémico mientras vivió, y sobrevalorado José Saramago, el elegido por los dioses; pero, en cambio, Agustina Bessa Luis, Eugenio de Andrade y Sophia de Mello Breyner Andresen fueron olvidados; como así, al otro lado del océano, el brasileño Jorge Amado (por citar un nombre, entre otros muchos) quedó silenciado.
Yasar Kemal, cuando ni por asomo entre los lectores avizores españoles se había oído el nombre de Orhan Pamuk, fue leído, aunque relativamente en lo que merecía. La saga de Ince Memed, el ‘bandolero bueno’ que robaba a los poderosos para favorecer a los desheredados comenzó a publicarse en castellano. Las cuatro entregas, la tetralogía completa, ha ido siendo publicada a módico precio por Punto de Lectura, Ediciones B, en la más correcta traducción de Rafael Carpintero Ortega, directamente del original: El Halcón, El retorno del Halcón, La sombra del Halcón y El último combate del Halcón (Ince Memed, I, II, III y IV). Obra ingente, escrita a lo largo de tres décadas, y cuyo título original, Ince Memed (Memed, El Flaco) es significativo en su idioma por varias razones, entre ellas la malnutrición de los campesinos de la Anatolia profunda.
Del resto de la amplia obra novelística y narrativa de Yasar Kemal disponemos en castellano de poco más de tres títulos, dos de ellos publicados por la eficaz Ediciones del Oriente y del Mediterráneo: Calor amarillo (Sari Sicak), cuentos completos, en traducción de Gül Isik AlkaÇ y Fernando García Burillo, y Si aplastaran  la serpiente (Yilani Öldürseler), traducido por García Burillo; y, además, también en Ediciones B, La furia del monte Ararat (Agridagi Efsanesi) y Si aplastaran la serpiente (Yilami Öldünseler), traducido respectivamente por Carpintero Ortega y García Burillo.
El intenso lirismo de la prosa de Yasar Kemal no ahoga la fuerza de su radicalidad social y moral (el escritor sufrió prisión por sus ideas comunistas y su defensa de la minoría kurda a la que el escritor pertenecía). Esa fuerza, proveniente de la naturaleza, la hace elocuente el narrador, con sencillo lenguaje y alta belleza: «Algunos años la primavera desciende bruscamente sobre Çukurova. De pronto, las ramas quedan cubiertas de flores, y los pájaros, las abejas, los escarabajos y la hierba conquistan el mundo. El sol templado invade la naturaleza. Los lobos y las aves, serpientes y hormigas, todas las criaturas salen de sus madrigueras, sorprendidas y afanosas, recorren la blanda tierra inmersas en la alegría de encontrase en un mundo nuevo, recién creado…». Así comienza la tercera parte de Ince Memed, La sombra del Halcón. Y los recuerdos vuelven de los vagabundeos de otrora por Adana, ArÇasaz o Anavarza (¿o es Anazarva?, pues nunca lo he podido determinar ni en un diccionario sobre Grecia clásica).
Yasar Kemal me acompaña por esas praderas idílicas donde la mies verde ondula al viento primaveral. Cuando esté la mies para agostar, recolectar y moler el grano, elaborar la harina y hacer y cocer el pan, ya no estaremos. La memoria revolucionaria de Ibrahim Kaypakkaya, melek en kirmizisi («el más rojo ángel») asesinado de un tiro en la cabeza en la prisión de Diyarbakir el día 18 de mayo de 1973, los acompaña siempre. Ibrahim tenía veinticuatro años, era kurdo, campesino y hablaba de justicia, igualdad, trabajo digno. La tierra, en parte alguna de este mundo es de los que la trabajan. Frente al estado reaccionario y los poderosos propietarios de la tierra, la voz de Ibrahim Kaypakkaya sigue adquiriendo significado contra toda falacia, y es muy clara: «La pradera debe encenderse desde aquellas regiones (no estamos diciendo una región) que estén secas… La lucha armada debe lanzarse, y lanzarse inmediatamente. Aquellas regiones de la pradera que aún estén secas arderán por el fuego de la lucha arm

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