Crónica de los años salvajes

Héctor Castilla (Cartagena, 1971)  es poeta, editor, traductor y gestor cultural, su obra ha sido incluida en numerosas antologías y ha sido responsable de revistas como La Galera (1998-2001) y Hache (2004-2011). Cantando en voz baja es su tercer libro de poemas, el primero que publica tras los ya algo lejanos Carta desde el invierno (2004) y Una canción en la memoria (2006). Héctor Castilla escribe una poesía clara, sin concesiones, sin retórica, que se traduce habitualmente en poemas breves de verso corto en los que se retrata el mundo actual visto por alguien que está decidido a no rendirse jamás.
En ese sentido, los cuarenta y tres poemas que componen Cantando en voz baja trazan una autobiografía más o menos ficticia, crean un personaje que coincide con Héctor Castilla en muchos aspectos, pero configuran también el retrato de una generación que se ha visto abocada a una existencia condicionada por la precariedad laboral y la desaparición de la sociedad del bienestar. Héctor Castilla no esboza un retrato de la crisis, sino que se remonta a hace algunos años y disecciona aspectos de una sociedad enferma que ya presagiaba la crisis, aunque entonces nadie quisiera (o pudiera) verlo.
El libro está dividido en cuatro partes, si bien la primera y la última incluyen un único poema, que actúa, respectivamente, a modo de entrada y cierre, de zaguán y coda. Es en la segunda y en la tercera parte donde encontramos casi todos los poemas, diecinueve composiciones en la segunda y veintidós en la tercera. Aunque hay dos citas (de Charles Bukowski y Manuel Rico) que presiden todo el volumen, posteriormente, cada una de las partes va acompañada también de una cita inicial, perteneciente a Jorge Drexler, Fito Páez, Javier Ruibal y Albert Pla. Como acabamos de comprobar, la poesía de Héctor Castilla se nutre a un mismo tiempo de la obra de otros poetas, pero también de numerosos cantautores, tal como explicita el propio autor en las notas finales de Cantando en voz baja.
Ya el primer poema supone una auténtica declaración de intenciones:

Atrás dejo la casa de mis padres,
la ciudad y una infancia hechas pedazos.

Y es que, no en vano, Cantando en voz baja es la crónica de aquellos primeros años en que el autor abandonó el hogar paterno:

Me encamino a un lugar
/ que pretendo hacer propio
y me acompañan, de fondo, algunas
de mis canciones favoritas.

En las composiciones de la segunda parte, habla de cómo vive esos primeros momentos de independencia, con diferentes encuentros amorosos, pisos alquilados y trabajos mal pagados, casi siempre en bares, pero con alguna pequeña alegría, como

otro pequeño premio de poesía
que ayudará a sobrellevar
/  las próximas semanas.

Ese mismo tono, que bebe, al mismo tiempo, del realismo sucio (cita explícitamente a Ray Loriga y a David González) y del verso claro y sereno de Karmelo C. Iribarren, continúa en las piezas de la tercera parte, donde aparecen algunos datos que resultan interesantes para reconstruir aquellos años:

Hay lunes en los que regreso a casa
a la hora en que debería estar
de camino a la Facultad de Letras

Casi nunca encuentro en los libros
nada que tenga que ver con mi vida.

Todas mis pertenencias caben
en apenas un par de cajas.

Mi relación con la universidad
se reduce a estar matriculado.

Muy pocos de los poemas del conjunto tienen título; sí lo tiene, por ejemplo, el último, Born Slippy, donde el yo del poema se rebela frente a un modelo de vida que otros han planificado para él. Al cabo, Héctor Castilla le planta cara a la realidad y podría decir, con Claudio Rodríguez, «que estamos en derrota, nunca en doma».

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