El culo de la Mujer Araña

Hace cosa de un añO, los seguidores de los tebeos de Márvel (ya saben: Spiderman, La Patrulla X, Capitán América, Thor…) se vieron sacudidos por un escándalo movido por la portada que Milo Manara ideó para la Mujer Araña. El dibujo, como pueden ustedes comprobar aquí mismo, no es gran cosa a la hora de removernos la bragueta; pero bastó para levantar las ampollas de un sector de la población americana que no quería que sus hijos leyesen con una sola mano unos tebeos altamente patrióticos que se exportan a todo el mundo y que los americanos consideran parte de lo que ahora se denomina ‘marca-país’.

Moralinas al margen, los aficionados a los comics guarrindongos estamos felizmente acostumbrados a diseños mucho más procaces, y quiero insistir en la felicidad de la costumbre, porque ya resulta un lugar común afirmar que alegra más las pajarillas un culo bien dibujado que los ejemplares naturales que la vida nos pone por delante, que siempre llevan tacha, por más que no quiera Dios que nos fuesen a faltar nunca. Que las supramentadas pajarillas se dejen embelesar por un tebeo no es una patología, ni una parafilia, ni una chochez, sino un signo cierto de que la especie humana hace gala de una marcada naturaleza simbólica, de modo que un respeto. Es más, si nos detenemos en la cesura que une y separa a un tiempo el culo natural del culo dibujado, puede que saquemos alguna lección que pudiera servir de provecho para quienes no hayan tenido el privilegio de formarse en la ESO bilingüe.

Durante siglos se daba por supuesto que la Belleza del Arte derivaba de la Belleza de la Naturaleza que imitaba. Según esto, el Augusto de Prima Porta era una maravilla, porque el mismo Augusto era maravilloso, y el oficio del escultor no hizo sino trasladar al bronce, primero, y al mármol, después, unos rasgos estéticos que estaban presentes en el modelo natural. En realidad esto no era exactamente así, pues la belleza del Augusto de Prima Porta, como la de cualquier escultura clásica, tiene más que ver con un canon de proporciones geométricas que con una realidad viva, y podemos dar por seguro que Augusto dejaba mucho que desear en comparación con las esculturas que se erigieron en su honor. De otra parte, esta concepción del Arte arrinconaba estéticamente a aquellos escultores y pintores que se atrevían a representar a seres claramente deformes o feos, como puede ser el caso de nuestro Velázquez empeñado en  retratar a la Infanta rodeada de sus meninas. Sea como fuere, parecía que los hijos favoritos de las Musas fuesen aquellos poetas, pintores, escultores e incluso músicos que ‘mimetizaban’ la Gran Belleza Inefable presente en la Naturaleza.

¿Cómo es posible, entonces, que el culo natural diseñado por la Divina Providencia nos resulte menos sexi que el culo dibujado por el autor del tebeo? Traigo a Dios por testigo, porque en su condición de Creador actúa como un Autor al que caben perdir responsabilidades  morales y estéticas de su obra, de la Naturaleza en su conjunto, culos incluidos. Hay que tener, por tanto, los cataplines filosóficos muy bien puestos para atreverse a impugnar la idea de que la Belleza sea una propiedad de la Naturaleza; porque eso es tanto como cuestionar el criterio y los planes del mismo Dios. El primero que dio muestras de disponer de tales cataplines fue el joven Goethe, quien en una carta dirigida a Herder le soltó lo siguiente: «Las tormentas furiosas, los diluvios, las erupciones volcánicas, la muerte y la podredumbre omnipresentes en todos los elementos de la naturaleza son testigos tan verdaderos de la Vida Eterna como el nacimiento de un sol espléndido sobre los viñedos y los bosques aromáticos de naranjos. El Arte no sigue sin más el ejemplo de la Naturaleza, sino que se resiste a ella; la Belleza surje cuando el artista contrapone su esfuerzo creador para conservarse frente a la fuerza destructora del todo.».

Velázquez, pues, acertó de pleno cuando retrató la dignidad de lo deforme. La obra de arte es y debe ser, definitivamente, autónoma. Lo feo, lo enfermo y lo terrible forman parte de la Naturaleza, y sólo Dios sabrá por qué. Y nosotros podemos mantener a salvo nuestra dignidad estética, aunque babeemos con arrobo sobre los culos dibujados en los tebeos, porque para ello contamos con la bendición teórica nada menos que de Johann Wolfgang Goethe, uno de los grandes constructores intelectuales de lo que hoy es Europa.

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