Gumersindo de Estella. La venganza y la piedad

Un fraile todavía joven y de baja estatura, desciende de un tren atestado de jóvenes comunistas recién liberados de una prisión nacional. Ha subido al tren en la estación Norte de Pamplona y, durante el trayecto a una ciudad cercana, no ha sido molestado. Se trata del padre Gumersindo de Estella, fraile capuchino, y pronto se verá superado por una dolorosa situación.
Escuchémosle narrar esos momentos: «Bajé sintiendo mucho no haber empleado este saludo (¡Camaradas, salud!) desde el primer momento del viaje. Tal vez él me hubiera dado el acceso hasta las puertas de algunas almas… Tomé el camino de Tafalla, pensando: El día que todos los sacerdotes podamos imitar la conducta que observó Jesucristo con Zaqueo, se rendirán en masa los corazones duros… El día que las clases conservadoras cumplan todas las páginas del Evangelio, el marxismo se extinguirá automáticamente».
Éste es el testimonio estremecedor de un protagonista de nuestra Guerra Civil: Martín Zubeldía Inda (Estella, 11 de noviembre de 1880/Pamplona, 7 de noviembre de 1974), que tomó el nombre religioso y literario de Gumersindo de Estella. La oportunidad de una segunda edición de sus Memorias pone a este admirable religioso de actualidad, pues Fusilados en Zaragoza, 1936-1939 (Mira Editores. Zaragoza, 2003 y 2015), que recoge los años de asistencia espiritual a los reos y las posteriores ejecuciones, no deja indiferente al lector, sea cual sea el grado sectario e ideológico que éste posea.
Durante muchos años, el libro de Gumersindo de Estella fue relegado a su estado de manuscrito y como algo intocable, los capuchinos Tarsicio de Azcona y José Ángel Echevarría, coordinadores de la edición, hicieron una labor magnífica que, por desgracia, el padre Gumersindo no pudo ver concluida, al desaparecer tres décadas atrás.
Después de su experiencia con los condenados a muerte (mujeres de todas las edades, incluso embarazadas, hombres y muchachos imberbes, extranjeros…), Gumersindo de Estella no siguió siendo el mismo, aunque su celo apostólico cristiano no disminuyó, como se comprueba en las fotografías incluidas en el libro: con el papa Juan XXIII; en sus incansables misiones en diferentes puntos de la península y otros acontecimientos. Menudo y barbiluengo, delgado y nevado por los años, Gumersindo de Estella aparece en todas las fotografías posteriores a la guerra con su mirada penetrante, trastocada por el pretérito sufrido durante su ministerio; muy distinto a sus retratos de juventud.
El padre Gumersindo asistió al cardenal Isidro Gomá en su última enfermedad, y lo que dejó escrito acerca de la llamada ‘Guerra Santa’ es valiente y revelador. En pleno franquismo, el religioso se expresaba así: «¡Cuándo se convencerán algunos eclesiásticos de que yerran en sus procedimientos! ¡Menos procesiones y más caridad!», y además: «¿Destila amargura mi pluma? El que ama a la Iglesia no puede menos de lamentar que gran parte de sus ministros no saben comprenderla…!».
Las listas de los reos que aparecen en las memorias son reveladoras, pues ante la venganza intencionada o ciega de los vencedores no escapan católicos disidentes, militares y maestros fieles a la República; campesinos a los que no se les enseñó a rezar, sumidos en la ignorancia y la pobreza extrema… Fusilados en Zaragoza 1936-1939 es un libro que no puede dejarse de lado, a no ser sino para darse un respiro. Fray Gumersindo de Estella bien podría ser un santo proyectado al futuro, un futuro de unidad de ideologías en una fe verdadera…
Aquí escuchamos la voz valiente, veraz, piadosa de un fraile que pasó por la vida dando testimonio de Cristo, y no puede ser más clara: «La inmensa mayoría de los presos no ha tenido ocasión de convencerse de que la Religión, o sea, la Iglesia, no persigue, no encadena, no mata, y de que los eclesiásticos no tienen su conciencia y su ministerio atados al cinturón de las potestades civiles. Lo digo con dolor. Me avergüenzo de decirlo, pero sería peor callarlo.”

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