La película del alma

Una de las leyendas populares más frecuente es la que asegura que antes de viajar al otro barrio se suele asistir a la macabra proyección de toda la vida. Al protagonista de Asesinato y ánimas en pena también le ocurre, pero al tratarse de una criatura surgida de la ingeniosa imaginación de un maestro de la literatura como el canadiense Robertson Davies, esa experiencia debía ser peculiar. Y así es, porque no es antes de morir, sino después de muerto cuando Connor Gilmartin asiste a todo un ciclo de cine en el que se proyecta la película de su propia vida, pero también las de sus ancestros.

Davies sorprende con uno de sus habituales malabarismos argumentales en el arranque de esta novela, pues el planteamiento ofrece una perspectiva que salta en pedazos de inmediato, convirtiéndose así en un mero prólogo de la auténtica enjundia del relato. La repentina y violenta muerte del protagonista, a manos del amante de su mujer, le convierte en un alma en pena que decide tomarse justa venganza aunque no sepa muy bien cómo hacerlo. Para ello decide acompañar a su asesino, crítico de espectáculos en un prestigioso periódico de Toronto, al festival de cine que se celebra en esa ciudad, con la intención de observarle y, de paso, ingeniar la forma más adecuada de mortificarlo. Ambos asisten a un ciclo durante el que se proyectan películas antiguas rescatadas de diferentes filmotecas; autenticas joyas que Gilmartin se dispone a disfrutar mientras diseña su revancha. Pero lo que el atribulado espíritu contempla en la pantalla acapara su atención, pues son películas completamente distintas a las que realmente se proyectan.

Es en ese momento cuando comienza la verdadera materia de la novela: un repaso por la trayectoria de los ‘gilmartins’ desde las vicisitudes que condujeron a sus antepasados a Canadá hasta el nacimiento del protagonista y su trayectoria vital hasta el día de su inesperada muerte. Una historia que parte de dos lugares diferentes: Nueva York y un remoto pueblo de Gales, y acaba en la populosa capital de Ontario, repleta de aventuras que sirve como escenario para la personal reflexión del autor sobre la forja de la identidad en el seno de las familias.

Asesinato y ánimas en pena forma parte de la cuarta, última e inacabada trilogía que emprendió Davies, después de las de Salterton, Deptford y Cornish. La de Toronto es considerada la más personal y sentimental de todas, quizá por ser la que escribió en el último tramo de su vida. De hecho, esta primera entrega ya presenta ese tono crepuscular en el que parece resumir la vastedad de sus experiencias, con un relato épico en el que, sin embargo, no faltan esos toques de fino humor y apabullante erudición que hacen de su obra un ejercicio encomiable de literatura, en el que incluso se atreve a desafiar al mismísimo Joyce experimentando con el recurso del diálogo interior.

Es de agradecer la magnífica labor del traductor, José Luis Fernández-Villanueva, al conservar en su trabajo toda esa finura que engalana la prosa de Davies, convirtiendo su obra en un alarde de armonía y pureza narrativa. El ritmo cambiante, pausado o vigoroso, se adapta a la perfección a las acciones convirtiendo el relato en un auténtico trabajo de precisión.

Incluso en las digresiones se percibe esa sencillez pedagógica que suviza las aristas de la reflexión, por muy compleja, arcana o prolija que pueda ser, convirtiéndolas en partes fundamentales de la narración que, al contrario de lo que pueda parecer, estimula el poder atractivo del relato, pues contribuyen a cimentar aquellos aspectos que dan sentido al comportamiento de los personajes y, de paso, aclaran muchos de los enigmas que astutamente va sembrando a lo largo de la narración, proporcionando la tensión precisa para sustenta la intriga.

Mucho tiempo ha transcurrido hasta este feliz reencuentro con uno de los escritores más portentosos de la literatura universal. Pasen y disfruten.

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