Literatura en tránsito

Tiene la rutina un reverso  que sólo los muy perspicaces conocen. A fuerza de repetir las mismas palabras, acciones o trayectos es posible desarrollar una especie de clarividencia que suele hacer estallar gozosas manifestaciones de ingenio. Cuando alguien ha de recorrer el mismo camino trescientas setenta y seis veces, como Gonzalo Maier entre Lovaina y Nimega (180 kilómetros y más de tres horas de viaje), puede adaptarse al medio y viajar como si fuera una maleta o la rejilla del aire acondicionado, sin sentir ni padecer; o bien puede emprender una de esas aventuras por el reino de la imaginación de las que siempre se regresa con una novela en el petate.

El chileno Maier alivia los peculiares síntomas del síndrome de Ulises que padece con la pócima que mejor elaboran los visionarios: la ironía. Y de la ingesta masiva de la misma excreta este sorprendente libro en el que el caos adquiere una rara armonía, ofreciendo una serie de reflexiones espontáneas que se esparcen en un curioso orden cuya lectura resulta fascinante.

Maier abre su mente abrumada por la rutina, para que cualquiera pueda observar los efectos que en ella produce ese perpetuo viaje. Y lo que se ve es puro ingenio.

Factura así un peculiar libro de viajes en el que no sólo describe lo que ve y siente, sino que ofrece una perspectiva personal sobre el significado de la aventura, y sobre lo que impulsa a la gente a viajar.

Entre paseo y paseo por los arenales de la digresión, el escritor cuenta su experiencia en los Países Bajos, describe los trenes y las estaciones que ha de tomar y frecuentar cada día, los rasgos de holandeses y belgas, sus manías y aficiones, el paisaje que oberva desde el tren… Todo demasiado convencional, cabría pensar, pero no lo es en absoluto tal y como lo narra Maier en Material rodante.

Y es así porque todos esas imágenes cotidianas y aparentemente anodinas adoptan un peculiar aroma literario en el imaginario de Maier, al situarlas como piezas de una narración por la que deambula una auténtica legión de personajes imaginados y reales, algunos de ellos notorios como el   el doctor Livingstone, Thoreau, Fogwill, Walter Benjamin, Baudelaire, Hugh Hefner, Robinson Crusoe o Miguel Strogoff, pero también otros menos conocidos aunque no por ello sorprendentes, como Thomas Cook, un guía de montaña que infundía una confianza casi sobrenatural a sus clientes, o el botánico escocés Archibald Menzies, «al que le bastaron diez minutos de su vida para pasar a la Historia».

Todos ellos, y muchos más, pueblan la fértil campiña que se oculta en la cabeza del escritor chileno, quien con modestos recursos construye todo un monumento a la originalidad. Pues aunque no importe lo más mínimo la opinión que pueda poseer a propósito de los más diversos asuntos, ya sean extraños como la metamorfosis de un pueblo indígena chileno tras comer unos misterosos piñones; curiosos como la reflexión sobre el uso del pijama o sencillamente cotidianos, tal es el empleo eficiente de las herramientas de internet, y concretamente del correo electrónico, lo realmente asombroso es comprobar cómo Maier los exprime hasta extraerles su metafísica, obrando un relato absorbente y divertido.

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