Sainz. Intensidad y profundidad

Hay que prestar atención a este soriano que viene pegando fuerte en el campo de la narración desde hace algunos años aunque no se ha mostrado muy adicto a la escritura hasta el momento. Lo conocíamos por una novela, Ojos que no ven —de la que dimos cuenta en esta misma sección— donde no quedaba fuera el terrorismo vasco ni la violencia,  pero ha sido con este El viento en las hojas con lo que nos ha convencido gratamente y nos ha ha encaminado a la absoluta admiración ante quien domina la palabra como nadie en este panorama español de nuestros días. Se trata de alguien que escribe con seriedad, con una intensidad inusitada en nuestros fueros, no en balde el autor es un compendio de narrador y filósofo, alguien que se piensa mucho antes de poner la siguiente letra, alguien que suspende el relato en unas serie de consideraciones que giran en torno a la belleza, al deseo, a la mirada, alguien que profundiza con agudeza en los leves asuntos que trata. Le basta una pizca de argumento para elevarse a elevadas alturas en el pensamiento y en la disposición. Alguien que narra unos hechos mínimos y que trata en todo momento de plantear las dudas en torno a esa doble disposición que siempre mantiene en sus historias, tal como se indica en una de ellas en donde «la libertad no es hacer una cosa sino poder hacerla, y hacerla entonces o no hacerla según un juego complejo de encajes y partidas dobles, de contabilidades por partida doble como en cada cosa».
González Sainz lanza unos personajes —generalmente en primera persona y aprovechando el monólogo interior en varias ocasiones— para conceder a la narración el tono especulativo y pensarioso que le acompaña desde el mismo momento en que se ponen en movimiento las hojas de los árboles, esos símbolos —algunas de sus narraciones apuntan a ello— que actúan de manera extraña en todos los cuentos, no en balde dan título al libro y le prestan ese eje vertebral a esta espléndida colección de relatos que no debería pasar desapercibida porque la considero de lo mejor que ha aparecido en esta primera quincena del siglo que vivimos.
No es de los que cuentan ni de los que narran acciones ni tiempos fuertes sino de los artistas que sopesan las palabras, de los que piensan y hacen pensar; un autor que se abre a múltiples sugerencias y que amplía de modo continuo  el territorio de sus temas que pueden pasar por analizar los miedos internos de la persona, la ideas irracionales que nos asaltan, el enfrentamiento de viejos y jóvenes, la pérdida de valores de la sociedad moderna, el irremediable paso del tiempo, el misterio de la belleza y dispone de espacio incluso para describir esa naturaleza que se impone en muchos momentos de un libro que trata de comprender el enigmático discurrir de la mente de los hombres.
González Sainz remansa hasta el extremo la acción y la trama de sus cuentos  y se acoge a los cafés —a los interiores— en donde enclava a esos personajes que miran lo que hay alrededor: el misterio de la vida y la muerte. Un gran escritor que pronto nos ha de ofrecer su mejor costado. Un intenso y profundo narrador al que hay que leer varias veces para saborearlo plenamente.

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