Una disparatada sinfonía de la vida

A veces tengo la sensación de que el lenguaje está aniquilando la literatura: un viejo demente que devora como Saturno a su única hija sana, ante la mirada condescendiente de sus académicos cuidadores, a merced de mixtificadores posmodernos que transitan desde lo ramplón a la más engolada petulancia, y a mayor gloria de un público que camina a zancadas de siete leguas de vuelta a cavernas pobladas de emoticonos. Por eso, entre tanto narcisismo insulso y artefactos jactanciosos empapados en Nenuco, resulta reconfortarte distinguir de vez en cuando el aroma de la víctima.

Claro que en semejantes circunstancias, quienes osan desafiar el imperio de la rutina pueden recibir no sólo el desprecio de los lectores sino, aún peor, su incomprensión; y así una obra plena de literatura suele pasar desapercibida en la desmesura editorial rendida al marasmo del ingenio.

 

Manuel Longares, uno de esos escritores que aún militan en la resistencia literaria, amo de títulos referenciales como Romanticismo, Soldaditos de Pavía o Los ingenuos, vuelve a la carga con Sentimentales, una obra torrencial y arrebatadoramente original que rezuma clasicismo y, sin embargo, da sopas con honda a la más conspicua modernidad. El autor madrileño factura una ficción sin tramoya que se alimenta de las vanguardias de entreguerras, tan olvidadas hoy, y poseída por el espíritu eterno de la música.
Consciente de “el riesgo que tiene toda ficción”, el autor desafía a las modas y sitúa la acción en un lugar imaginario dibujado en un pentagrama, habitado por la extravagancia emancipadora aunque deudora del idiosincrásico cainismo hispano, que se prepara para recibir al mismísimo Arturo Toscanini, quien dirigirá la orquesta titular en una interpretación de la Quinta Sinfonía de Mahler. Un feliz acontecimiento que permite a Longares desplegar su panoplia imaginativa en un jubileo narrativo por el que deambulan divertidos los espectros de Valle-Inclán, Torrente Ballester, Max Aub e incluso el severo Clarín. Allí, personajes grotescos de desbordante humanidad protagonizan una desatada historia de historias, narrada con frenesí, en la que conviven el absurdo y un realismo sincopado que a malas penas vela una crítica social soterrada por paletadas de ese humor inteligente que recuerda los mejores momentos jardelianos.

Confiesa Longares que su obra no sólo es «un homenaje a la música largamente meditado» sino una reflexión «sobre la perplejidad que causa la música». Un rasgo que ya identificaba sus obras anteriores, propio de un ‘obseso’ de dicho arte que emplea las palabras como el compositor las notas sobre la pauta, con libertad y pasión para componer melodías asombrosas que desnuden el alma mostrando todo lo que habita en ella: sentimientos, sensaciones, emociones…

Se nota que Longares se ha divertido escribiendo Sentimentales, pues ha dejado volar la imaginación juguetona para que domine el relato mediante un lenguaje brillante, preciso y arriesgado que pespuntea una sintaxis a ratos dislocada pero siempre ordenada, imprimiéndole al relato una solidez narrativa extraordinaria con la que implica al lector en su particular festejo, sin que se pregunte en ningún momento por dónde va el asunto; se siente así transportado a ese universo disparatado que proporne el autor, disfrutando sencillamente de todas las atracciones que encuentra a su paso, y participando del frenesí literario que encuentra en ellas.

Manuel Longares ejerce así de fabulador, de inventor de ficciones, de mundos inalcanzables a la realidad. Y reconcilia al viejo pueril con su hija maltratada.

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